5/2/10

El silencio de los desnaturalizadores


El silencio de los desnaturalizadores

JEFFREY SWARTZ

Lo más llamativo de entre las reacciones a ciertos comentarios y acciones de algunos políticos catalanes—el padrón de Vic incluido--sobre la inmigración durante el ambiente actual de pre-campaña electoral, donde se resucitan temores sobre el riesgo de que los inmigrantes desnaturalicen la identidad catalana, es el relativo silencio de la población inmigrada. A la medida que se acercan los comicios catalanes y estatales, estas contradicciones irán a más. El atrevimiento de los que apelan a sentimientos de odio y desconfianza hacia los inmigrantes no tendrá ninguna respuesta por parte del colectivo inmigrado, muy lejos de forjar una alternativa “militante”. 
La pasividad de los inmigrantes sorprende, sin embargo, porque se tratan de gestos y discursos deliberadamente ofensivos para las personas inmigrantes residentes en Cataluña. Son además cínicos, al coincidir con el primer momento en la historia del país con una población inmigrada importante afectada por el paro. Hasta ahora a los empresarios y a la derecha xenófoba les ha ido bien el sobrante de trabajadores extranjeros, que les ha permitido abaratar costes y utilizar a la inmigración para debilitar las estructuras de seguridad laboral. 
La convivencia de Vic y de otras poblaciones se basaba en la ventaja de disponer de números importantes de extranjeros contribuyendo a la seguridad social, pero difícilmente organizados en el sentido sindical. Los recién llegados son democráticamente inofensivos. Recordamos que la última amnistía para los sin papeles en el 2005 fue ampliamente celebrada por aportar fondos al estado en forma de cotizaciones de medio millón de trabajadores. Los inmigrantes, nos decían, por tratarse de gente joven, nos aseguraba a los demás la jubilación. Pero pocos se quejaron por el hecho de tener una cifra astronómica de personas sin el derecho democrático más fundamental: el voto. 
Pretender defender la cultura catalana en la manera que lo ha hecho algunos nacionalistas, con distorsiones y mentiras constantes sobre la historia y la realidad catalana, es menospreciar la contribución de los inmigrantes a la sociedad. Pero las intenciones son calculadas: la idea es estigmatizar a aquellos con menos posibilidades, por razones sociales, educativas y económicas, de acceder a una plena integración en la sociedad receptora (la misma razón que haría discriminatoria una tarjeta por puntos que condiciona derechos sociales a cupos de catalanidad).
Son posiciones que aprovechan de la indefensión de aquellos que no han encontrado su voz como individuos y como colectivo, o bien, al encontrarla, no tienen por donde hacerla oír.
Hablar de un núcleo “natural” sin impurezas amenazado por factores externos de riesgo es apelar a un concepto esencial y orgánico de la identidad de un pueblo. Quizás la manifestación más infame de este discurso latente la hizo Marta Ferrusola, entonces mujer del presidents de Cataluña y madre del portavoz actual de CiU, en una conferencia cobarde y abiertamente racista hace nueve años este mes en la Fundació Caixa de Girona. Heribert Barrera, entonces ícono de ERC, subió al carro pocos días después con comentarios favorables a las posiciones del neo-fascista austriaco Haider. Los comentarios racistas de Barrera, que delatan un pensamiento cercano al suprematismo blanco, nunca se han censurado en el partido que le ha puesto como presidente de honor. Ninguno de los dos ha tenido el valor ético de rectificar, y el partido de Pujol Ferrusola sobre todo sigue utilizando las agresiones verbales contra los extranjeros para consolidar animicamente su electorado.
Según se formulan estas posturas, los elementos foráneos y extraños se explican en términos casi virales, bacteriológicos, como elementos peligrosos que amenazan infectar y así debilitar el cuerpo central. Se trata de un lenguaje metafórico, llevado del campo de las ciencias exactas al terreno sociológico y político, que ha fundamentado y sigue alentando los grandes y más difames momentos xenófobos del último siglo, con todas sus consecuencias. 
Pero lo que más duele, bajo mi perspectiva como persona conocedora, admiradora y participante en la cultura catalana, es que aquellos que hablan de “desnaturalizar” la nación están falsificando la realidad de la sociedad que ellos mismos han contribuido a crear a lo largo de treinta años de instituciones democráticas y mercados cada vez más liberalizados. 

CiU pone la identidad de Cataluña a la venta
No son los inmigrantes, desde luego, que han entregado amplios sectores de la economía catalana llamados “tradicionales”, y por tanto identitarios, a modelos provenientes de la globalización.
No son los inmigrantes que han presionado porque los campos de cultivo bajo su propiedad se recalifican en terrenos urbanizables; si el campo catalán y su pagesia no ha desaparecido a un ritmo aún más alto es gracias en parte al mano de obra de trabajadores extranjeros--muchos de ellos ilegales y con sueldos indignos–que ha facilitado su permanencia y en algunos casos su modernización. 
La pérdida del pequeño comercio familiar—el petit botiguer de toda la vida—a través de traspasos lucrativos o la venta de locales a franquicias y cadenas de marcas internacionales y nacionales, o bien a causa de la implantación de grandes superficies en el extrarradio, son cambios impulsados por el propio empresariado catalán
.
Son los mismos que adornan sus escaparates navideños con Santa Claus, o que promocionan el Halloween o el San Valentín, lo que desvirtúa – ¿no dirían los defensores de la Catalunya “natural”? – el calendario natural de fiestas tradicionales catalanes y sus costumbres. 
¿Acaso son nuevos inmigrantes los pequeños y medianos industriales—símbolos del empuje catalán desde el XIX—que han vendido sus fábricas a multinacionales extranjeras, con el consecuente riesgo de deslocalizaciones, para luego reinvertir sus ganancias en sectores más especulativos pero menos innovadores como la construcción? 
Si no hubiera sido por la inmigración y su aportación laboral a sectores simbólicamente importantes para la retórica nacionalista, el patrimonio catalanista del campo, el comercio y la fábrica tal y como se ha definido por el nacionalismo liberal-simbólico hubiera desaparecido con aún más contundencia. 
Si luego pensamos que son sectores –pagesos, botiguers, industrials—tradicionalmente asociados con el voto a partidos como el CiU, las incitaciones de desconfianza hacia los inmigrantes por su papel en la desnaturalización del país resulta ser de una hipocresía absoluta

El silencio de los inmigrantes
Pero volvemos al tema con que hemos empezado, que es el silencio de los inmigrantes ante hechos y declaraciones que les afectan directamente. No parece normal, desde la óptica de una sociedad donde los derechos de libre expresión son asegurados por el marco legal, y avalados por los mecanismos sociales de libre intercambio de ideas, que los inmigrantes se inhiben con tanta facilidad ante hechos o declaraciones que tratan directamente de su presencia y papel en Cataluña. No parece normal; pero si atendemos a los casos a nuestro alrededor, de otros países europeos que han vivido el fenómeno de la inmigración durante más décadas, y que tienen entre ellos personas que representan hasta la tercera generación de una familia inmigrada, veremos que es posible tipificar con bastante acierto el proceso de integración en función de cambios generacionales y de países de procedencia. 
En todos los casos, y a excepción de una pequeña minoría de élite que cambia de país por razones que no tienen que ver con la mejora económica, la cuestión del bienestar básico tiene prioridad sobre todas las demás consideraciones para la primera generación de inmigrantes, que es la situación dominante en España. Las primeras generaciones inmigradas suelen sacrificarse, y no sólo a través del trabajo (recordemos que los inmigrantes tienen una tasa de ocupación más alto y por lo tanto trabajan más que los españoles en circunstancias normales), pensando en consideraciones futuras: la estabilidad económica y la educación de sus hijos. Si a esto se añade un primer periodo en el país en situación ilegal, que obliga a vivir de manera invisible para no provocar las iras de las fuerzas de seguridad o de la administración pública, se puede concluir que una buena parte de los inmigrantes ha pasado por un aprendizaje en el silencio y la pasividad social y político. 
Ante los caprichos y hasta abusos de sus jefes, conocedores de su fragilidad legal, suelen callarse y tragar. Lo mismo pasa en la contratación de servicios, en los bancos, en los abuso administrativos (a mí me llegaron a decir, después de recoger un permiso de residencia a finales de los 90, que los funcionarios que habían tratado a mi caso 3 años antes me habían engañado). 
Efectivamente, como parte del proceso de integración, el individuo inmigrado aprende a extirpar de su propia identidad como ser humano aquel “órgano interno” que se emplea en una sociedad libre para reclamar derechos y buscar activamente la plena dignidad en voz alta. Se trata de un acto de renuncia, especulativo y hasta estratégico, que conlleva a la negación de la voz propia y el pleno ejercicio de la humanidad propia.
A pesar de todo, si los inmigrantes no carecen de derechos y posibilidades para integrarse, es gracias al marco de protección legal y social que les otorga el país receptor. Actualmente en España los derechos y los avances en las condiciones de los recién llegados se reclaman desde algunos partidos políticos, los sindicatos y las ONG. Pero no existen organizaciones importantes de inmigrantes ni tampoco ningún individuo en forma de líder moral con capacidad para presionar efectivamente a los estamentos políticos. Así que la voz de este colectivo es tutelada por otros. Algunos sectores de la sociedad sin derecho a representarse y/o votar, como los menores de edad, dependen de terceros para su protección. Los inmigrantes también. Sin identidad política propia y bajo la tutela de otros, el estado de los inmigrantes legales pero sin voto en España es comparable a la situación de las mujeres antes del sufragio universal, perdonando las distancias históricas. Dependemos, democráticamente, de un mundo que nos paternaliza.
Sólo así se explica que se puede plantear la necesidad de un debate sobre la inmigración (como se hace habitualmente en los debates electorales televisivos y las tertulias radiofónicas) sin contar con los propios afectados. El grado de manipulación de la voz, la identidad y el sentir de los inmigrados por parte de la Corporació Catalana de Mitjans Audiovisuals es notoria, parecida a la manipulación que se hace de la realidad catalana en la prensa española de derechas. Es la única manera de entender el descaro de algunos líderes políticos a la hora de hacer acciones y declaraciones ofensivas que refuerzan la idea que representamos un peligro para la identidad catalana. No existe la menor preocupación por la reacción que se podría producir entre nosotros los inmigrados. Quizás cuando los hijos de segunda o tercera generación se educan en nuestras universidades, acceden a cargos de poder y aprenden a manejar los hilos de diálogo político, su reacción importará más. Pero para ahora las aulas universitarias, donde se reafirman los lenguajes y formas de los élites sociales a través del conocimiento, son todavía dominadas por la misma franja demográfica que dominaba el país en los años 80.
A falta de otro mecanismo que legitime el inmigrante ante la sociedad, y sin tener que esperar a que generaciones futuras ganen en legitimidad como interlocutores válidos, se presenta con cierta frecuencia la posibilidad de dar al inmigrante el derecho de votar, aunque sea sólo en elecciones locales. La voz electoral de los inmigrantes, como mínimo para silenciar a los políticos con sus injurias valientes. Sería una buena manera de activar la voz pública hasta ahora inaudible de los inmigrantes, y poner fin al silencio de los desnaturalizadores.

16/5/09

Debat: La Xina Art fa 10 anys

Pels 10 anys de la galeria La Xina Art, debatem el que sigui, amb ganes i sense manies: a les 20 hores a La Virreina, Barcelona, el 20 de maig. Intentaré ser originalment predicible.

El meu text pel catàleg-publicació que commemora els fets es diu Una colònia interior: El barri del Raval i els termes de l'Eixample. Un fragment:

"...És per això que la submissió (demolició, domesticació, culturalització, turistització) del Raval té sentit, ja que és una manera adient de tractar un territori tan fortament identificable amb 'l'altre' que només pot ser tractat amb termes equivalents, com una espècie de colònia interna incorregible..."

L'article està disponible per a baixar a través del link corresponent a la meva pàgina web, a www.barcelonaculture.com




9/5/09

Time Out, el toc anti-Midas; i la crítica sota el síndrome de Ramon

Time Out, el toc anti-Midas; i sota el síndrome de Ramon

El toc anti-Midas

Durant el primer any i escaitx de l’edició barcelonina de Time Out la revista ha demostrat tenir un toc anti-Midas. Si a Midas tot el que tocava es convertia en or, tot el que toca Time Out amb ganes de mostrar la millor cara de la ciutat es demostra just el contrari.

Què és el contrari de l’or? El carbó nadalenc destinat als nens dolents? Una matèria mediocre i grisa, de poc valor? Tots els intents de Time Out de mostrar una Barcelona chic, à la pàge, plenament cosmopolita i sobretot ben subministrada, com un carrefour cultural, tenen l’efecte contrari. Si fan un número sobre la cara amable dels barcelonins, acabes convençut que som una colla de antipàtics. Si fan un ranking de la nostra solidaritat, t’adones que som egoistes i ens comportem com burgesos autosuficients fins i tot en mig d’una crisi econòmica que invita a la solidaritat i al comunisme; resulta que ens hem venut als valors del neoliberalisme més rude.

Si Time Out fa un número sobre restaurants japonesos (de “sushi” diuen, que és com dir que els gallecs són “restaurantes pulpo”), acaben demostrant que el nivell de la gastronomia nipona a Barcelona és bastant horrorosa, que de fet no n’hi ha restaurants japonesos mínimament innovadors a la ciutat (del 2 al 8 d’octubre de 2008). Gairebé tot és ersatz. I la idea d’anar a menjar japonès s’amarga, queda viciada, perquè els redactors de Time Out te n'han tret les ganes. (I sí, abans ja havia menjat un parell de cops al Number One, Wakasa, i és bo, tradicional, lent, però representa fidelment el menjar japonès com potser una trentena de restaurants gallecs a Barcelona representen la gastronomia de la seva regió: és el mínim que es podria esperar del gènere).


Si fan una llista de llocs per on anar a ballar (del 12 al 18 de desembre de 2008), ens adonem del que ja s’ha sabut des de fa temps: els barcelonins ballen poc als bars i a les discoteques perquè prefereixen beure, parlar i lligar. El frenesí corporal sostingut no ens va. Si no fos pels guiris les pistes de ball estarien buides, i quan els d’aquí es posen a ballar per avorriment o imitació es confonen totalment alhora d’escollir l’estil de moviment. El més normal és barrejar balls de festa major amb gestos aflamencats, afegir un parell de girs tipus salsa-lambada, i després ajuntar coreografies disoteceros de l’època de KC and the Sunshine Band. A Barcelona es balla bastant malament. Tothom ja ho intuïa, però ara, gràcies al Time Out, s’ha comprovat.

Un número sencer sobre una bona tassa de cafè (del 9 al 15 de gener de 2009), amb les llistes de bons llocs per a prendre la beguda: no es parla dels temes més cabdals alhora d’avaluar i gaudir d’una bona tassa de cafè. Per exemple, no s’explica correctament les procedències dels cultius i les conseqüències pels grans importats, ni tampoc com les xarxes de distribució es basen en l’engany sobre la matèria prima. No es parla del fet que el mercat espanyol estigui controlat per les multinacionals des de que varen comprar les marques nacionals i locals més conegudes (la meitat està en mans de Sara Lee o Nestlé). No es considera el tipus d’aigua ni de llet utilitzada—gairebé mai amb llet fresca—ni tampoc es diu res sobre el tema fonamental del comerç just, com si les condicions dels productors no tingués importància alhora de gaudir el producte final. Feliçment ajudem a la indústria agroalimentària explotar al mon. No es compara marques o tipus de màquines de fer cafè ni el seu ús correcte, com si no importés gens. Un treball periodístic desastrós que acabava per a confirmar el que tothom sabia, que la qualitat del cafè a Barcelona ha baixat escandalosament durant els últims 15 anys, que el cafè a Barcelona és un fàstic, que es consumeix sense criteris mínimament ètics, i continuarà el seu declivi amb l’ajut d’incompetents com els redactors del reportatge de Time Out.

Admeto que tot això em molesta perquè tenia una opinió una mica romàntica sobre la revista, i no només perquè vaig contribuir a un parell de guies Time Out de la ciutat als anys 90. Les meves cròniques sobre els museus de Barcelona no s’han superat mai. Entenc que l’esperit de Time Out s’ha perdut no només aquí si no també arreu del món, ara que la marca s’ha imperialitzat. Pateixo per una cosa bonica perduda. Abans el lector de la revista esperava alguna cosa més que “claca” i llepaculisme de l’escriptor de Time Out, qui havia de ser un jove irrespectuós, intel·ligentment escèptic, poc amic dels poders fàctics i humorísticament cínic amb la promoció banal de modes efímeres. Snarky, flip, smart ass, funny as shit. Havia d’estar críticament atent al moment actual. Time Out s’escrivia amb un to distès, desconfiat i un punt xulo quan calia. No era una revista antisistema i de crítica estructural, però tampoc un factor conformista en la banalització de la cultura de la joventut. Una bona part de tot això s’ha perdut.

La mania pels llistats

La versió local de Time Out és bàsicament el líder metropolità de periodisme basat en la cultura de “Listmania”. “Listmania” s’impulsa a Amazon, on la comunitat de persones que fan ressenyes de llibres també ofereixen les seves llistes de favorits. Ja era, quan només existia a Londres, una agenda cultural molt complerta, genial, imprescindible. Un compendi de llistes amb dia i hora, efectivament. Però ara l’afany per les llistes i els ranking s’ha estès per tota la publicació.

La “llistat-mania” és un recurs senzill i entretingut, que consisteix en inventar llistes a partir d’un tema amb ranking inclòs, i ficar el tema a la portada. Encanta als lectors, ja que no hi ha res més fàcil de consumir un tema a partir d’un llistat ordenant, i saber què en pensa els altres sobre una categoria general de consum cultural. Agrada molt als anunciants, que vol dir que agrada molt els agents comercials de l’editorial, que venen anuncis per segments de mercat tractats a la revista en forma de llistats serialitzats.

Desprès els llestos ben enllistats saben que han d’anar la setmana desprès a un dels recomanats entre el 4t i 12é de la llista, més o menys. Anar al primer és mer seguidismo cultural. Apart d’això, ja se sap que la setmana després tots els imbècils aniran amb la revista a la mà als primers de la llista, qui es convertiran de seguida en llocs insuportables plens de lectors acrítics de Time Out. Per això, has de buscar una mica més a baix per a trobar alguna cosa de valor, perquè és possible que els redactors s’han equivocat.

Fem servir el mateix sistema amb el Google: fiquem un tema al cercador i anem directament a la pàgina 3 o 4, per a així saltar els variants de Viquipèdia i les pàgines de marketing descarat. Per les crítiques desafurades sobre qualsevol tema, a partir de la pàgina 8.


La crítica d’art a Time Out: sota el síndrome de Ramon

Com a crític d’art somnio en fòrums adients per la crítica d’art sense pors i al servei de la cultura democràtica, que entenc consisteix en exposar els farsants flamants i els genis possibles al mateix estàndard d’exigència. Penso que una bona part dels crítics viuen amb aquesta ansietat, que es reflecteix en el comentari que es repeteix sovint sobre la manca de revistes o publicacions on es pot exercir la crítica amb llibertat.

És veritat: no tenim ni els crítics catalans ni els espanyols—sóc canadenc de nacionalitat però català i espanyol en sentit gremial—un fòrum i format compartit on es pot parlar amb certa legitimitat pública de temes artístics del nostre entorn. Aplaudeixo els esforços de persones irritablement constants com la Rosa Olivares, abans amb Lapiz i ara amb Exit, però tinc la sensació que sempre l'ha dominat el “buenismo”, un esperit de proteccionisme al pobre idiota que fa d’artista a Espanya que no estava i encara no està preparat per que li critiquen intel·ligentment els artefactes que amb nom d’art manufactura.

A la vida, va dir el buda, cal saber patir perquè la vida és patiment, però el que llegeixen els artistes espanyols sobre la seva obra gairebé sempre agrada, no els fa patir; així que això no és vida, i els artistes espanyols no són gaire budistes.

El tema fins i tot em provoca un grau de nostàlgia, ja que recordo l’època dels meus primers escrits espanyols a la revista Arena com una arcàdia tristament perduda. I admeto que a aquestes altures el sentiment ja no té sentit, almenys des de que s’ha consolidat aquest format del blog que permet a cadascú escriure exactament el que vol amb plena llibertat i enviar els resultats a tothom, per a així recuperar l’essència de la cultura crítica sense embuts ni impediments editorials. Només fa falta un bon mailing i tenir sort amb els lectors.

Però el sentiment persisteix. No tenim gaires fòrums adequats a Catalunya per la crítica d’art, ni als diaris, ni a les revistes, ni tampoc a la xarxa. Som molt crítics de vegades, però en privat, de la mateixa manera que l'Aznar murmurejava el català (un exemple: crec que el projecte dogmàticament gauche faux del MACBA sota en Borja-Villel no agradava a molta gent, però el sentiment s’articulava només tímidament i normalment en petit comitè al llarg d’una dècada llarga). Durant molt temps tenia la sensació que només a Papers d’Art o de quan en quan a algun diari (durant un temps a l’Avui, molt abans a El País, ara de vegades al suplement de La Vanguardia) es podia trobar una crítica ponderada amb llibertat i sense autocensura.

El compromís principal ha de ser amb la societat, que vol dir amb una comunitat de lectors tant imaginaris com reals, que requereix pautes i models per a pensar la cultural críticament. Ara la iniciativa de A-Desk
s’aproxima a un nivell bo, respira alguna cosa diferent, i apart d’això dóna oportunitats a escriptors més joves que necessiten provar-se sense sentir-se vigilats pels popes que s’emmascaren com a redactors en cap de la secció de cultura de torn.

Òbviament, no parlo de fòrums de caràcter més acadèmics. Si no hi ha més projectes semblants amb ganes de dignificar la tasca crítica, mantenint-se fidel al valor de la independència i la necessitat de desenvolupar una crítica cultural democratitzant, doncs és culpa nostra. És culpa de persones com jo. Ja sabem com hem callat per a preservar les bones relacions públiques en un mon massa petit i pobre per a permetre la dissonància real.

L’art a Time Out

Per això no és gens just que em cebi amb la crítica d’art estel·lar de Time Out, Natàlia Ramon. No és culpa seva. No la conec, i ara s’enfadarà amb tot això i no la podré saludar. Algú, es suposa el seu redactor o potser un avalador dintre del consell, ha decidit que ella serà la ploma principal de les crítiques d’art setmanals. Escriu sobre llibres també, i sap una mica més sobre el tema (aquí no m’hi fico), ja que no es dedica únicament a explicar-nos les obres de Vázquez-Figueroa o Sue Grafton, o iniciar-nos en els secrets de la literatura sud-americana a través de Papelucho. Suggereix que amb la literatura sap diferenciar entre popularitat, qualitat i experiment. Amb l’art contemporani és tot el contrari, i el lector pateix les conseqüències.

Si no té coneixements sobre l’art contemporani, si les seves cròniques demostren una ignorància gairebé total de les problemàtiques que l’emmarquen, si és capaç d’escollir sistemàticament la mostra més irrellevant de la galeria més cutre, doncs no és culpa seva. Ella ho fa, i ells ho publiquen. Ja sabem que això passa a molts mitjans de difusió àmplia, i ho acceptem, tot i que realment no hi ha dret. El Periodico, per exemple, té un projecte editorial que no inclou res interessant sobre l’art (només quan es tracta de parlar d’una polèmica al voltant de polítiques culturals s'hi fiquen una mica). Com molts altres mitjans, promouen l’analfabetisme visual. I tots els diaris, sense excepció, tracten a l’art com el germanet tontet del sector cultural: d’una obra de teatre, un muntatge al Liceu o una peli—fins i tot catalana—es pot dir pestes, es pot posar un 3,5 sobre 10, però a l’art s’ha de protegir com un minusvàlid, un marginat o una espècie en vies d’extinció que no pot anar pel món sol sense bodyguard, sense un embolcall protector.

Així que la Tubau i la Hurtado—sobretot aquesta última, que té certa idea—es dediquen a dir quatre paraules en columnetes indignament curtes sobre exposicions amb certa contundència d’autors que tenen alguna cosa a dir (Muntadas, Kiki Smith), i deixen a la Ramon a escriure bajanades sobre alguna obra proto-nefasta presentada per una galeria de quadres souvenirs insignificants (no sé què ha passat aquesta setmana, ja que han deixat la Hurtado fer l'article llarg, i la Roman ha escrit sobre Antoni Solà, para más inri). O d’una fundació sobredimensionada, com la Vila Casas a Can Framis, que és un monument al principi que diu que els diners no poden comprar el bon gust (“Caminar pel que avui es diu 22@ és una experiència visual irrepetible”, resa la crònica més inconscient de la setmana). Vila Casa no entén més que Fran Daurel, però suposo que té més diners, més temps i és més hàbil alhora de comprar complicitats. Entenc que és capaç de censurar als professionals si arriben a conclusions que no superin la seva mirada estreta. La seva col·lecció té alguns autors molt correctes i fins i tot alguna obra bona (probablement sense voler), però en general fuig del valors més bàsics de l’art contemporani de les últimes dècades, i és d’una mediocritat llampant.


Crec que la Ramon, o els seus redactors, pensen que fa una feina entre alternativa i culta, una pretensió ridícula que fa que la ferida oberta dolgui més encara. Per descomptat, de vegades s’equivoca i parla d’alguna cosa important, però això, ho fa per error. Tots els mediocres tenen dret a errors feliços. Però ella és com altres periodistes contractats per altres mitjans amb el fi d’insultar la intel·ligència dels lectors: té por de l’art actual, la incomoda, es veu superada per les qüestions que planteja, no se sent gens segura davant els seus reptes.

Per una ciutat que sí té coses de mèrit al mon de l’art contemporani, on individus i col·lectius treballen amb molt criteri, no aprofitar el fòrum excel·lent que hauria de ser Time Out és una llàstima.